Aún estaban las farolas encendidas. La noche comenzaba a retirarse y la luz del amanecer se preparaba ya para salir a escena. Era el momento perfecto para estar a solas y disfrutar con calma de su reencuentro.
Estaba ansioso por volver a verla. Todavía recordaba aquella mágica sensación que experimentó cuando la conoció. Fue un amor a primera vista. Ella había aparecido de repente ante sus ojos, como salida de la nada, dejándolo totalmente deslumbrado.
Había pasado tiempo desde entonces. Y ahora caminaba de nuevo por las empedradas calles de Roma para acudir a su encuentro. Cuando llegó, ella estaba recién levantada, pero eso solamente acentuó su natural belleza. Iluminada por los primeros rayos de sol, lucía esplendorosa, tal como él la recordaba. Suspiró…
-“He vuelto”, le dijo con una sonrisa.
La fontana tenía un magnetismo especial que le atrapaba. Contempló de nuevo sus figuras de mármol, el agua cristalina y el brillo de las monedas, aún sin recoger, depositadas en el fondo. Y allí permaneció un largo rato, en silencio, recordando su primer viaje.
A lo lejos se escuchaba ya el movimiento de la ciudad que empezaba a despertarse. Pronto llegarían los operarios de la limpieza y, tras ellos, los primeros turistas. Era hora de marcharse. La emoción se dibujaba en su rostro. Con una mirada cómplice, se despidió:
-«Ha sido un placer volver a verte…”.
Y sus pasos se alejaron, dejando atrás la Piazza di Trevi, pero llevándose consigo aquel mágico reencuentro para siempre.
Nuria Siles Torres