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Cuando mi abuelo se sentía asfixiado por sus parientes, montaba su bicicleta y se iba a pescar a un arroyito que quedaba a unos pocos kilómetros de casa, en las afueras del poblado. Sabíamos con exactitud dónde lo hallaríamos, pero él quería que lo dejáramos solo. Ya se le pasaría la “viaraza”, como decía mi padre. Llevar la caña consigo era una excusa, pues lo que don Ramiro buscaba era sentarse bajo la sombra de un sauce llorón que estaba en un recodo de ese cauce que de tan niño apenas susurraba, sintonizando con la parsimonia de la llanura pampeana. Aunque nunca me lo dijo, porque era un ser taciturno, yo sé que ése era su rincón en el mundo.

A veces lo seguía, y me quedaba espiándolo desde la distancia, agazapado tras unos matorrales. Con la caña olvidada entre sus manos, abuelo cerraba los ojos y se dejaba vivir. Imagino que al apoyar su espalda contra el tronco el viejo se sentiría acunado: la copa del árbol se convertiría en un escudo que lo protegía del tiempo, ese depredador implacable. Porque ese sauce, cuyas ramas postreras y chorreantes lamían la corriente de agua, no era cualquier árbol: era “su” árbol. Allí, en paz con él mismo y con el mundo, don Ramiro también reconquistaba su intimidad. Una intimidad a la intemperie.

Maximiliano Sacristán

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