Le dediqué todo mi tiempo libre y compartí con él toda mi alegría y decidimos pasar juntos el fin de año en aquel hotel situado cerca de la Alambra, con su arquitectura poética y su olor a estrellas. Pero cuando todo estaba organizado me dijo que no podía, me explicó el motivo y me pareció de poco peso. Pudo decir tengo ya un compromiso y no lo dijo. Me dolió, me dolió mucho…Me quedé ahí con un nudo en la garganta que me impedía casi respirar. Luego lloré y me di cuenta que había olvidado a mucha gente por estar con él y que debía recuperarlas y así lo fui haciendo poco a poco y cuando me volvió a llamar, yo ya no era la misma para él. Ya no podía trazar planes con confianza, rondaban mi cabeza la traición y la preciosa noche de estrellas no vivida, con los soñados paseos junto a las flores y los árboles que rodean la Alambra. Imposible también ya, escuchar sus anécdotas cotidianas que me sonaban ridículas, sus miedos o sus carencias. Simplemente se había roto la magia, se esfumó junto al rincón de poesía situado en Granada que se privó de escucharnos…Todo tiene un final, a veces un final muy liviano o cotidiano, sin adiós. Porque hay días que se necesita estar ahí, en ese rincón de magia y no valen las escusas.
María Luz Mota Mejías