Durante años, mientras crecía y el sol se agrandaba hasta ocupar todo el horizonte, vi cómo la tierra se agrietaba, los animales morían y la gente de mi poblado se marchaba en busca del agua que brota en hilillos de entre las rocas.
Mi madre atravesaba aquel desierto en busca de agua con una tinaja en la cabeza mientras yo cuidaba de mis hermanos pequeños.
Por la noche junto al fuego, mi abuela nos hablaba de la lluvia, de cascadas y de ríos caudalosos, de lagos y de tormentas. Escuchando aquellos sueños de una tierra verde y hermosa, nuestra sed se calmaba.
Un día llegaron unos hombres montados en camiones. Hicieron unos agujeros en el suelo. Muy profundos. Sacaron un agua turbia y maloliente. Al poco tiempo ya fue clara. Se podía beber.
Ahora yo no tengo que recorrer kilómetros para dar de beber a mis hijos. Pero por la noche les sigo contando historias. Palabras que recojo en las gotas de lluvia y que atesoro como si fueran semillas. Para que recuerden esta tierra que fue un vergel donde vivieron las guardianas de los mitos del agua.
Cristina Herrero Laborda