Verano de 2017- Inicio un viaje al centro. Encuentro el lugar inhóspito pero, de alguna manera, no soy repelida. Me quedo unos días que no traen más que desasosiego. El paisaje es agreste y mantiene mi musculatura en tensión y mi boca seca.
Quizá debí sospechar cuando todo me pareció idílico.
Vuelvo a mi rincón en el mundo y no traigo nada de regreso. Puede que algo de nostalgia pero no la rechazo; este spleen se me antoja punk y romántico a la vez.
Quizá vuelva. Quizá otro verano.
Verano de 2018 – Retorno a donde no fui feliz. Soy consciente de que me adentro en tierra sagrada y espero ser venerada en reciprocidad. Me descalzo y purifico para recorrer tan sacro lugar. Solo recibo desinterés que parece hostilidad. O al revés.
No regresar nunca fue una opción, el paraje es bello aunque yo me sienta inerme. Me atrae de manera proporcional a cómo me rechaza.
Verano de 2019 – Hago un amago de retomar. Un ‘de perdidos al río’. Las aproximaciones anteriores quedaban lejos y los repudios sutiles, difuminados; ya no recordaba a qué sabían los veranos pasados.
Yo, no lo niego, siempre tengo que tener en la boca algo que cause problemas: una copa, un cigarrillo, unos labios…
Esta vez la suerte me salva de mi actitud negligente.
Encuentro -azarosa o providencialmente, ya digo- un poema de Gabriel y Galán que lo explica todo: Es tu alma -por castellana- insondable.
Elegiré otro destino para el próximo año.
Esperanza Ruiz Adsuar