Grito ahogado en la tierra descuajada. Grieta donde se estremece el olivo. Casona de blancura y de hierro, ilumina al geranio descarado. Charivari de niños libres en las callejuelas, sombra y fresca se abaten sobre el clavel del galán. La sirena del crepúsculo llama, las aceitunas ya sangraron y surgió el espíritu de la fiesta. En algún lugar se oye una voz profunda, el cuerpo de la bailarina se contorsiona, vibrando bajo el claro de luna. La guitarra llora, disfrazarla, ¡imposible! Solo queda el silencio…
Margarita Van der Borght