Entre dormidos pueblos de tierra y cereal la cinta asfáltica se derrama buscando el mar. Todo y nada; pequeñez y grandeza se cuelan por el parabrisas mientras un remolino de viento entra por las ventanillas del auto ofreciendo su aroma a campo. El sortilegio que provoca el paisaje es interrumpido de vez en cuando por el sonido de la bombilla anunciando que el mate se ha vaciado. De pronto las primeras siluetas de la ciudad anuncian el esperado arribo. Detrás, como el jardín de una casa, playa y mar se fusionan en paréntesis estival. En ese rincón del mundo torbellinos escultores diseñaban paisajes, luego algún colono aventurero irrumpió en el atelier plantando bosques de coníferas para retener viento y arena. Esos laberintos encantados con aroma a resina invitan a detenerse en uno mismo, mirar con los ojos del alma y encontrarnos haciendo nuestro propio camino. Diseminados entre la playa volcanes de agua y cementerios de piedras cual arte divino alumbran poesías. Maravilloso conjuro entre paisaje y reflexión, océano y sílice, viaje irrenunciable al interior del alma para que luego entre las dunas se escapen palabras salinas montadas en mi alma de gaviota.
Guillermo Javier Lemme