Era una calle de pueblo.
Seguramente la mañana o la tarde de cualquier sábado infinito.
Era una calle de pueblo que fue campo de fútbol, patio de escuela o escenario para correrías entre indios y vaqueros.
Aquel perro negro de colmillo revirado, las campanas de la Iglesia repicando a media cuadra, noches de verano, pincho moruno y verbena que no te deja dormir, tomates a medio morder pintados de amarillo azufre, los árboles y la verja de la casa del médico, un garaje misterioso que siempre invita a aventurarse…
Sigue todo allí, sin querer ni poder escaparse, dejando huella, marcando carácter.
Al fondo, tan difuminados como mis recuerdos, dos niños esperan turno en la bicicleta comunitaria.
Era una calle de pueblo y yo, aferrándome al manillar, parecía empezar a tomar consciencia de que el mundo eran mucho más que dos calles…
Juan Ignacio Viciana Maya