En el rincón más callado del parque aprendimos caricias y repetimos mil «te quieros». Cerca de la fuente de piedra, detrás de los arrayanes, donde la abrigaba con mi chaqueta y bajaba las manos hasta sus caderas. Ella sonreía y se humedecía los labios. Sabía como las fresas.
Alguna tarde aún volvemos allí, ahora que los arbustos ya son árboles y los árboles ya son viejos. Nos sentamos en nuestro banco, ella me clava sus pupilas perdidas y susurra mi nombre:
—¿Manuel…?
—Sí, amor, Manuel soy yo.
Cojo sus manos mientras desafío este mal que vacía su memoria y acerco mis labios a los suyos para que me recuerde, aunque solo sea ese instante que dura el beso.
Araceli Gil César