El anciano ha arrojado la colilla aún humeante a un lugar imposible, gimiendo sus articulaciones se ha levantado despacio, y tras cerrar con suavidad senil la destartalada puerta, desaparece en el sombrío interior de la humilde casa marinera.
Fuera, sobre una incongruente mesa que hay en la acera gris, una botella verde llena y vacía acompaña a un libro que, aburrido, espera recostado al dueño de la vivienda.
En la pared desconchada, dibujados con temblorosos trazos pueriles de tiza blanca, un chucho famélico ladra furioso a una pareja de peces enamorados. Sus miradas se cruzan con una ternura acuosa y mágica. Ella lozana y fresca; él, en los huesos, todo raspas, parece más muerto que vivo. Ya se sabe que el amor no sabe de razones.
En el bello atardecer de la pared roja, el infantil sol de yeso blanco, cuelga luminoso en el cielo púrpura y dorado de una estrecha callejuela de Cádiz.
José Fernando Cuenca Gómez