La inspiración puede surgir donde menos te lo esperes. Para los antiguos griegos se hallaba en el monte Parnaso, morada de Apolo y las Musas. Lugar que, sin duda alguna, se escucharía la magnífica lira del dios y el recitar de sus poemas.
Durante el Renacimiento , «inspiración» era sinónimo de «bucólico». La imagen de un campo verde lleno de flores, con el sonido del riachuelo de fondo y tú, tumbado, bajo el árbol más bonito del prado. Sin olvidar que eres un pastorcillo, joven y sonriente, y estás rodeado de tu ganado.
Para otros, inspirarse puede ser la consecuencia de actos muy simples: una manzana cayendo en tu cabeza, comer una magdalena y evocar tu tierna infancia o, sencillamente, el olor a tierra mojada.
¿Y para mí? Lo tengo claro: viajar. Y si es en un medio de transporte público, mejor que mejor. De hecho, mi favorito es el tren. Sentarme con mi libreta y pluma y escuchar. Ese es el verdadero truco.
Por un lado, el ruido del resto de pasajeros. Normalmente, se oye el llanto de un bebé y al viajero aburrido que intenta entablar conversación con todo el mundo. Por el otro, observar el paisaje. No solo aquel que discurre por la ventana, cambiante y rápido, sino el del propio vagón: personas con música, otros hablando y aquel que prefiere dormir. Y es que la vida podría definirse así: un trayecto con distintas paradas, pero siempre con un final en el camino.
Alba Martín Amaro