El viejo contempló con nostalgia las baldas vacías. En ellas no había ya libros, ni plumieres, ni libretas, ni paquetes de folios. Quedaban unos pocos objetos de escritorio que en las tres semanas que había durado el periodo de liquidación no habían tenido salida. A las ocho en punto, igual que había hecho los últimos cuarenta años de su vida, echó la persiana por última vez.
A la mañana siguiente acudieron los albañiles a iniciar las obras de reforma. Detrás de un mueble, uno de ellos encontró un librito con tapas de piel. Llevaba por título “Los cuentos de la Alhambra”, de Washington Irving. Al llegar a casa se lo entregó a su hijo, quien, después de leerlo de un tirón, se prometió que un día viajaría a Granada. Vio cumplido su deseo varios años después, convertido ya en un apasionado de la literatura.
Con ayuda económica de su familia, al terminar la carrera de Historia adquirió un local que acababa de cerrar, ignorando que antaño había existido allí una librería y papelería de la que no quedó ni rastro tras la jubilación del anciano que la regentaba. Se había propuesto hacer de aquel lugar un rincón acogedor donde la gente pudiera tomarse un té o un café mientras leía o rebuscaba entre las estanterías. Lo llamaría “La Alhambra”.
Joaquín Valls Arnau