Hace un par de años volé por vez primera a Berlín. Antes del viaje no podía imaginar que aquello que quedaría más intensamente fijado en mi memoria no sería uno cualquiera de los lugares que aparecen en las guías para turistas, como por ejemplo la cúpula del Reichstag, la Puerta de Brandeburgo o los restos del muro que dividió vergonzosamente la ciudad.
No, ninguna de esas concurridas e interesantes atracciones. Lo que más me impresionó y también me conmovió, fueron unas placas de latón de forma cuadrada de tan solo 10 centímetros de lado que descubrí paseando por sus calles. Se encuentran por todas partes, pero sobre todo en el antiguo barrio judío. Están fijadas al suelo, ante del portal de algunos edificios, y acostumbra a haber más de una. Me interesé por su significado y así supe que las llaman “stolpersteine”, que podría traducirse como «piedras con las que tropezamos». Según parece, la idea surgió de un artista y ya las hay en otras ciudades alemanas y europeas. En ellas consta inscrito el nombre y el año de nacimiento de las personas, todas de familias judías, que allí vivían y que fueron deportadas y asesinadas durante el nazismo. Muchas pertenecen a niñas y niños, algunos aún bebés. Tropezar casualmente con una de esas placas puede ser un eficaz remedio contra el olvido.
Joaquín Valls Arnau