Le avisaron de madrugada, en cuanto tuvieron noticia, y el ángel de guardia Dusan Kostka no tardó en aletear las aguas oscurecidas del río Moldava. Con el brazo izquierdo apoyado en la representación de San Juan Nepomuceno, entretuvo una mirada picada en el hombre expuesto sobre el murete. <<Yo ya pedí el mío… De deseos va la cosa en este puente, ¿no? ¿Por qué no lo reintenta? Si yo fuera usted, me serviría un poco más de vida en una jarra de cerveza. —El bagaje en el oficio permitía a Dusan aconsejar a su manera—. Baje de ahí: Pagaré la primera ronda. El salto depende de una voluntad tan intransferible como alterada, no cabe duda, pero no crea que dejándose caer logrará liberarse… Me informé de camino. Usted es R C T, ¿o acaso me equivoco? A día de hoy le pertenece un lugar en el infierno. Muy pocos lo saben, porque es casi un secreto, pero allí abajo se va para nacer… Mal asunto, ¿no cree?>>
Rubén Martín