Cada mañana me sorprende el despertar del sol. Me levanto, abro la ventana y… allí está él iluminándolo todo.
Hoy, ese amanecer ha sido distinto: ha llegado hasta mí una brisa sutil, fresca y agradablemente perfumada de aromas a hierba, a tierra mojada y a caucho de los campos de futbol que hay frente a mi ventana. Ha llovido esta noche, eso acentúa los olores y hace que todo se vea más nítido. Ante mí contemplo una naturaleza desbordada, en toda su plenitud: árboles vestidos de Ágata Ruiz de la Prada con una explosión de color inigualable. Algunos brillan como el oro, otros llevan tonos ocres y anaranjados y los más osados se atreven con el rojo pasión. El viento, atravesando las ramas, silba armoniosamente y, al compás, las hojas bailan alegres volando de aquí para allá. Cuando esta danza finaliza caen al suelo formando una alfombra de pachwork de deslumbrante belleza. Tras los árboles se divisa, majestuosa, la laguna; el corazón del pueblo que late lleno de vida, un entorno tan humanizado que alberga, a la vez, una fauna y vegetación muy salvaje. Este lago, de agua salada, que contemplo desde mi ventana es para mí como tener un cachito del mar en casa.
Josefa Cordo Ortega