Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y… ¡Voy! Que adrenalina cuando mi hermano terminaba de contar y salía corriendo a buscarme. Así nos pasábamos las tardes cuando estábamos de vacaciones en la casa del pueblo en Hervás, un municipio del norte de Extremadura.
Éramos unos críos, teníamos siete y diez años, sólo queríamos jugar y estar dando vueltas por esas calles de la Judería llenas de rollos donde tropezar, o de cuestas empinadas como «la calle abajo». Un día jugando al escondite, mi hermano pensó que me había perdido. Después de buscarme durante veinte minutos se asustó tanto que alarmó a mi madre. Mi madre alarmó a la vecina, y así, hasta que medio pueblo empezó a jugar al escondite. Tardaron en saber dónde estaba casi dos horas. Pero claro, yo no me había dado cuenta de lo que estaba pasado hasta que no escuché el revuelo. De repente mi cabeza asomó entre las paredes de dos casas y escuché decir: ¡Pero si está ahí, en la Travesía del Morón! Vaya riña me llevé, pero fue el escondite más divertido de mi vida. Desde entonces esa calle, la calle más estrecha de España es mi escondrijo favorito. Hace un par de días estuve por allí y lo único que vi eran turistas. Había niños que también jugaban, pero a hacer selfies o grabar un vídeo pasando entre ese hueco de no más de medio metro que tiene tanta historia. Como cambia la vida.
Laura Rodríguez Parra