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La conocí en el Albaicín una tarde de otoño, una de esas tardes lánguidas que estaba, como tantas otras, condenada a desaparecer en el laberinto de las horas olvidadas. Un impulso hizo que me sentara a su lado. No hubo palabras, sólo miradas, alguna tímida sonrisa. No hizo falta más.

 

Caminamos sin rumbo dejando que las piedras besaran nuestros pies, empapándonos por el embrujo de los callejones que los poetas sin nombre habían recorrido siglos atrás, cruzando por delante de fachadas de palacios mudéjares que escondían en su seno historias de magos, cuentos de viajes y leyendas de conquistas. Me habló de su vida tortuosa, caótica, desordenada, y pensé que era como el barrio, bohemia y mágica. 

 

Nos besamos bajo un arco de piedra al pie de una empinada cuesta. Fue un beso tímido, como de papel, que fue creciendo hasta que sentí su boca llena de flores. Al despegar nuestros labios, mientras el sol jugaba al escondite y teñía de fuego el crepúsculo, vi el reflejo de la Alhambra iluminada en sus ojos verdes. En algún lugar, no lejos de allí, una guitarra lloraba.

 

El hechizo sucumbió horas después. El último recuerdo que tengo de ella es su silueta recortada contra las casas encaladas, difuminándose calle abajo, envuelta en la quietud de la noche maquillada de ámbar por la luz de las farolas. Presentí que, desde entonces, vagaría cabizbajo con mis recuerdos por el paseo de los tristes y mi alma, para siempre enamorada, quedaría presa en aquellos rincones.  

Carlos Garrido Rubio

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