Cae una cascada alimentada por la lluvia. Abajo, se forma una poza. Allí me enamoré por primera vez cuando era niño. Ella me miraba con sus ojos grandes y saltones, con sus ojos de agua dulce y pestañeo tierno, con sus pupilas redondeadas que oscilaban por su amor… Pude tocar su piel, suave y delicada. Recorrí la forma de su cuerpo. Luego, juguetona, se zambulló. Me enamoró todavía más su mirada bajo el agua. Más tarde, se escondió tras el resguardo de una piedra.
Permanecí un buen rato esperando su salida. Le gustaba tomar el sol. Como tardaba en salir, recorrí la pradera de ese rincón paradisiaco. La hierba verde y fresca de esta zona del Pirineo oscense estaba acicalada con el colorido de las margaritas, de las prímulas, de las gencianas, de las nomeolvides… ¡Todo era tan idílico!
Deshice lo andado para volver a verla. Allí estaba. Tendida al sol, sin toalla. Aprovechando la esponjosidad de musgos y líquenes que ocupaban buena parte de la roca.
A ese lugar siempre regreso. He dejado de ser niño. Hoy, voy a ese rincón idílico de la mano de mi amada. Siempre buscamos la mirada de alguna rana.
Isabel García Viñao