Una vez más, como venía ocurriendo desde que aquellos meteoritos con bacterias estelares se precipitaron por primera vez contra nuestro planeta, la vida vio la luz. Una vez más se producía ese hecho que no por ser cotidiano, dejaba de ser milagroso. En medio de aquella vertiente bucólica y helada del Mulhacén , con las condiciones más desfavorables a su alrededor, al menos para otros seres vivos, la sonrisa de la inocencia floreció para alegrar los ojos de los afortunados que pudiesen verla. La estrella de nieve crecía fuerte y vigorosa a tres mil metros de altitud, ajena a las peripecias que ocurrían al nivel del mar.
Le gustaban los días brillantes que de pronto se cubrían por nubes de ventisca. Le encantaban las noches a muchos grados bajo cero, cuando las otras estrellas parecían estar a su alcance en medio de un cielo inmaculado y los planetas parecían alinearse solo para ella. Fulgor, vida, pura belleza.
Una soleada mañana, sin embargo, ensimismada en su propio regocijo, la estrella de nieve no vio llegar el cuchillo. Fue un tajo limpio y rápido. Antes de desaparecer en una oscura mochila, sus helados pétalos se movieron en dirección al cielo. Sintió que su corta vida se desvanecía. Iba a morir en un triste jarrón.
Francisco Pascual Sánchez.