Aquella noche la marcó la luna. Relucía plena, excepcionalmente hermosa, insólita. A mí me cogió volviendo a casa tras un mal día en el trabajo y me detuve a contemplarla desde una plaza del centro. No fui el único viandante que se vio atrapado por su atracción. Éramos varios los que mirábamos el espectáculo: algo así había que fotografiarlo para el recuerdo. Pero mi móvil estaba sin batería. Me quedaría, pues, sin capturar la belleza recortada sobre el cielo. Aquella mujer no tuvo ese problema. Enfocaba el influjo de la luna con devoción y con pulso de artesanía. Al girarse vi que la conocía. Habíamos salido en la misma pandilla alguna vez, de jóvenes, muchos años atrás, todos los que llevábamos sin vernos; esas cosas del tiempo. La saludé y ella me reconoció también al momento. Señalamos juntos la indiscutible hermosura de la luna esa noche y yo me lamenté de no poder fotografiarla. Ella se ofreció a compartirme sus fotos y yo acepté agradecido. Le apunté mi número sin teléfono, a la vieja usanza, con papel y bolígrafo. Si lo grabó o no en su agenda ya quedó como cosa suya. Porque el caso es que nunca me llegaron sus fotos. Quizá las veladuras de nubes sobre la luna le estropearon las imágenes, quizá para ella no tuvo importancia alguna el reencuentro con una fase de su pasado. Quizá había cambiado ya la luna para todos y cada uno de los habitantes de la ciudad fría, oscura, irremediable.
Raúl Castañón del Río