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La historia me pareció eterna desde el principio. Para mí era obligación y para ellos relax; una confluencia emotiva de los tres, aunque su mundo fuese claramente de dos. Sucedió este invierno, en el bar del hotel donde trabajo sin incentivos ni demasiada compensación de ningún tipo. Pero esta vez me sentí pagado por los clientes y no por la empresa. Pidieron una botella de champán, se sentaron cerca de la ventana que da al mar y me contaron su historia al final. Ya se intuía la grandeza por los detalles, pues durante toda la estancia deslumbraron en su ocaso admirable. El brillo de los ojos desmentía la ancianidad de caras y movimientos por el hotel y la playa aledaña. Se veían tan felices en cada mirada, en cada beso, que lo suyo no parecía realidad sino fantasía realizada. Porque nunca vi a nadie tan feliz en pareja, y aun menos a esa edad. Disfrutaban cada instante con jovialidad y emoción singulares; parecía que nunca antes, en todas sus largas vidas, hubiesen tenido vacaciones. Pero no era eso, y tampoco que celebrasen sus bodas de oro; ni siquiera estaban casados entre ellos, estaban viudos de hecho. Lo que tenían valía más que el oro y las firmas solemnes: una amistad longeva e insobornable entre sexos. Llevaban toda una vida escapándose juntos, una vez por año, con cualquier excusa familiar. Y siempre a algún hotel de costa, para celebrar el azar de haberse conocido en una lejana playa de su juventud.

Raúl Castañón del Río

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