Entras con cuidado, con el mayor de los respetos, sabedor de que es el mejor lugar de inspiración que conoces. Es más que una playa, que una calle, que un café. Es tu santuario. Llevas unos folios en blanco y dos rotuladores negros de punta fina. A oscuras palpas las paredes y tanteas el suelo para no tropezar, hasta que por fin das con el rincón que buscabas. Y cuando estás en el punto exacto enciendes la luz. La vieja cocina sigue igual: lámpara de cerámica, banco de madera y azulejos de Triana en la pared. Lo único que falta es el olor a las galletas que horneaba tu abuela. Aun así, sigue siendo el mejor lugar para escribir, el único donde sigues sintiendo la poesía.
Alberto Ramos Díaz