Un compañero de facultad tuvo a bien contarme que, en el año que le tocó preparar la tesis, fue en busca del poeta X, porque qué mejor manera que ir a la fuente original en pos de escribir un trabajo sobre el susodicho. Razonable, cuanto menos, era mi compañero.
En la casa del señor X mi colega quiso saber dónde buscaba la inspiración, de dónde venían los que son –a día de hoy- más de una docena de poemarios, que no es poca cosa en unos tiempos tan prosaicos como son estos en los que vivimos.
Nunca lo olvidaré, fallará la memoria y alteraré las palabras, pero la esencia, como diría el propio X –o eso me gustaría pensar- sigue allá, intacta:
“¿Inspiración? Joven, no espere de mi respuestas complejas, divagaciones sobre la belleza de un mundo al que de bello no encuentro nada, o sobre las angustias de un alma humana cuya existencia es, cuanto menos, discutible. Si quiere anotar algo para su tesis baje al portal, vaya allá, allá afuera, a la calle. A los paseos, a los parkings, a los bancos, a las latas de refresco que miran el semáforo para cruzar, mecidas por el viento, aquella avenida por la que ha venido usted…
Vea…Vea eso, la jungla humana, tan cruda, tan cotidiana, vea todo eso y quizá entonces entienda lo estúpida que acaba de ser su pregunta y lo inútil que deduzco le va a resultar mi respuesta. Ahora márchese, que es mi hora de comer”
Pedro Guillamón Moreno