Desde la ventana observo la imponente fachada del Palacio del Viento de Jaipur, semejante a un rosáceo panal de abejas. Su silueta de corona de Krishna se alza majestuosa en medio de grises y amenazadoras nubes monzónicas.
No lejos de este rincón tan bello, existe otro siniestro en el sótano de la tienda de «souvenirs» que visité esta tarde. Allí, acurrucado, había un niño de apenas diez años, flaco como un junco, renegrido, con el pelo más oscuro que jamás he visto. Le he preguntado su nombre sin obtener respuesta. De forma tímida, el niño me ha mirado, sin soltar de sus diminutos y deformados dedos la gema que estaba puliendo en una piedra de esmeril junto a un cuenco lleno de agua turbia. Ese instante me ha bastado para descubrir en su carita mortecina unos ojos como lunas, enormes, en los que se reflejaba no sólo la débil luz amarillenta proyectada por la bombilla colgada del techo, sino todos los colores ahogados del silencio, el tinte de la angustia y las mil tonalidades que adquiere la tristeza infinita. Un impulso me ha llevado a revolver su pelo y se ha dibujado una sonrisa en su rostro, dejando al descubierto una blanquísima fila de dientes.
No dejo de preguntarme si esos ojos de carbón esconden los mismos anhelos de las concubinas que se asomaban a la vida a través de las cerca de mil ventanas del Palacio, soñando con el día en el que dejarían, por fin, de ser invisibles.
Carlos Garrido Rubio