El sol de diciembre acariciaba mi piel desnuda y penetraba por cada poro de mi cuerpo que la lluvia de la capital había calado sin miramiento, ahogando mi alma en una profunda oscuridad y sembrando en mis entrañas la semilla de la más absoluta inapetencia.
Era una sensación maravillosa, ?saben por qué? Porque solo existíamos las Dunas de arena, las olas del Atlántico y yo. Todo a mi alrededor quedaba borroso cuando intentaba divisar un barco de recreo, gente paseando o el Faro en la lejanía.
El sol en su pleno cénit perdía protagonismo cuando una suave brisa transportaba granitos de arena salpicando mi piel, procedentes de las Dunas de Maspalomas. Era como si quisieran alargar sus manos de largos dedos huesudos y arrastrarme hacia ellas para convertirme a mi también en parte del paisaje.
Un paisaje fluctuante, de perfiles sinuosos de color dorado muy brillante, donde se robaban unas a otras su mercancía del más preciado valor, para ser ese día la más alta, las más infranqueable, la más fotografiada por turistas impresionados de que aquel desierto de libro de Alberto Vázquez Figueroa estuviera tan solo a escasos metros del océano.
Mar y desierto, todo en una misma portal que hace de la isla de Gran Canaria uno de sus sellos de identidad, que perdurará en la retina del visitante para siempre.
Alma María Soto Álvarez