Pensaba saborear cada sorbo, cada variedad que les ofrecieran sería un regalo para los sentidos, un lujazo poder vivirlo ahora con la madurez suficiente para aprovecharlo al máximo. El corazón le bombardeaba con ilusión marcando el ritmo de su vitalidad.
A los diez minutos de visita y después de probar diferentes variedades, nuestra protagonista se abandonó y entró en la parte más íntima de la bodega. Dionisio reaparece en una de sus infinitas fiestas, había perdido a su madre y la había rescatado del mundo de los muertos donde estaba encarcelada, ahora ya en el Olimpo disfrutaba de la tranquilidad del lugar. Sin saberlo había vivido una de las tragedias griegas que más se relatarían a lo largo de la historia de la mitología. En otra gran fiesta habían sido cocinadas y servidas a los comensales todas las partes de su cuerpo. Lo único que no se sirvió fue su corazón. Desde el corazón fue regado en vino y poco a poco se reconstruyó un nuevo Dionisio. Todavía tenía que viajar a la isla y traerse con él a la que abandonó allí su marido.
Ariadna mira su copa, es la última variedad que probará esta noche pero sabe que cada trago le ha retornado a sus orígenes, su nombre no es fruto de la casualidad y hoy el vino la ha transportado a aquella isla de donde habilidosamente un día la rescató Dionisio.
María Calvo Palomares