El hombre, casi un anciano, sentado en un banco de Plaza Nueva, espera a que mengüe la estresante riada humana. Los visitantes cruzan la plaza casi sin mirarla. Le han dicho que la calle del río es la más bonita del mundo y no tienen ojos para nada más.
Cuando la luz del atardecer se vuelve roja, naranja y finalmente violeta, regresa poco a poco la paz y el silencio a la calle. Una fina lluvia ayuda a desalojar a los últimos turistas.
Entonces se levanta del banco y se interna en la calle. La luz amarillenta de las farolas iluminan las gotitas que flotan en el aire otoñal. Solo el rumor del agua que salta entre las piedras rompe el silencio de la noche naciente.
Los puentes de piedra comunican las dos colinas entre las que el río discurre abriendo la maleza. A su izquierda las empinadas callejuelas del Albayzin, auténticos miradores desde los que contemplar la imponente masa de la Alhambra que crece a su derecha.
Como en cada atardecer, se detiene al llegar a su rincón favorito, los restos del desaparecido puente del Cadí . Derrotado por el tiempo, es el mudo testigo de un mundo en el que los hombres y mujeres corren de aquí para allá sin pararse a conversar con las personas, sin disfrutar de un vino en una tasca de barrio. Darían una mano por un selfie con un millón de likes, pero desprecian la mano abierta de un mendigo.
José Cuenca Gómez