Hace medio siglo que tengo una ilusión. Nació el mismo día que tuve que abandonar el rincón del mundo donde nací. Ya ni recuerdo cómo, pero sí el motivo. No es justo. El irse y el regresar deberían ser opciones personales. Yo no quiero entrar en análisis filosóficos. Yo solo quiero volver. Sería algo sencillo. Tan simple que lo sueño despierto y dormido. Me espera una colina en medio de mi pueblo. La ilusión de disfrutar del panorama desde su cima me causa dolor. Por sus alrededores corrí de niño; ahora me conformaría con andar. Cerca de allí me esperan unas huellas aún húmedas porque, al truncarse el sueño, quedaron inconclusas. Tengo que ir a completar ese trillo. Uno no debe dejar tareas a medias. Y, hablando de la muerte, me espera también el viejo cementerio. Esa sería la última visita. Me dicen que ya ellos no están allí, que sus almas volaron junto al Padre. Pero yo necesito hablarles. De la colina bajaré al camino polvoriento que me llevará a los muros cubiertos de una yedra más vieja ya que la vida misma. Iré tumba por tumba y a todos les diré lo mismo. Será difícil convencerlos de que murieron en vano. Les pediré perdón por haber sobrevivido. Con mis lágrimas espero hacer crecer nuevas flores en aquel cementerio marchito por el tiempo y el olvido. Tengo que apurarme. No me queda mucho tiempo para volver al rincón del mundo de donde partí hace tanto tiempo.
José Álvarez