Miles de turistas se tuestan como gambas al sol que más calienta en la Costa del Sol . Muchos pasean por las playas de Torremolinos, caminan de una punta a otra del paseo marítimo de la Carihuela con el simple propósito de no amodorrarse todo el día en una tumbona. Visten bañadores de fibra sintética que se mueven al compás de unos cuerpos delgados, gruesos, tripudos, esqueléticos, rellenos, apergaminados, chaparros, disparejos, jóvenes, maduros, esbeltos, magníficos, esperpénticos.
Miles de personas velan por la comodidad de esos cuerpos en chiringuitos y comercios mientras las ven pasear en busca de sol, la brisa marina, un poco de tranquilidad, o de ajetreo cuando el sol se ponga y la noche caiga. Sol, brisa, olas, cerveza de grifo, bandadas de gaviotas , niños que aletean con sus brazos y corren tras ellas en la orilla, patinadores que cortan el aire con ágiles movimientos por el paseo marítimo entre miles de olores, colores de piel diversos, cientos de parasoles simétricos, edificios de apartamentos, palmeras, piscinas junto al mar, tiendas de artículos playeros, restaurantes de pescaíto, barcos de vela y estelas en el mar, decenas de rizos en el agua azul, olas, arena esculpida, playas de conchas que el oleaje deja en la orilla. El mar está en calma con la bajamar, los pesqueros están varados en la arena, los camareros miran a la gente que se mueve. Todos buscan evasiones de verdad o de mentira, por Playamar, El Bajondillo, La Carihuela, San Miguel, Torremolinos.
Antonio Esteo Ceballos