El pintor se levantaba temprano.
Acostumbraba desayunar tostadas con jamón, zumo de naranja y café negro.
Su viejo maletín le acompañaba y le esperaba. Fiel en sus viajes y cargado de historias y recuerdos. Pero mudo y servicial como necesitaba su dueño.
-¿Qué pintará hoy?-preguntó Ricardo, el dueño del camping.
-Hoy es un buen día para retratar estos bellos pueblos blancos. No sé, quizás Bubión, Pampaneira, ya veré.
La mirada del abuelo era…Más que triste, de venganza. En el camping se conoce a mucha gente y uno acostumbra a ponerles etiquetas. El viejo pintor no parecía trigo limpio.
Caída la noche Ricardo se impacientaba. Sabía que no había luz para pintar ningún paisaje.
Sonó el teléfono, y la voz del pintor entrecortada:
-Se me ha hecho tarde.No me he dado cuenta. Por favor, ven a buscarme. No conozco estos parajes y tengo miedo de perderme.
El coche de Ricardo volvió por la vieja carretera y en la última curva volcó el maletín del pintor dejando al descubierto todos los cuchillos.
Uno aún tiene manchas de sangre.
Encarni Fernández Martín