Hay un rincón de paraíso llamado Ngazobil, en Senegal, en la orilla africana del Océano Atlántico. Aquí veníamos en los días festivos, para refrescarnos del trabajo de la semana, en medio de una exuberante vegetación a lo largo de la playa, golpeada por olas largas, con la arena que fluía en cientos de bucles, atravesados por corrientes espumosas. Miríadas de cangrejos hacían su aparición durante la marea baja. Parecía estar fuera de tiempo, cada encuentro en la playa era el descubrimiento de un milagro: los niños de la escuela, un pescador o un campesino.
Las noches eran rotas por el chasquido de las hojas de las palmeras “abanico”, agitadas por el viento: tan fuertes como petardos, como duendes que volasen en la noche. Tenías la percepción de animales misteriosos a moverse en la oscuridad: un despliegue de luces que cuarenta de nuestros cielos no serían suficientes para igualar.
Los amigos de entonces están perdidos, ahogados en su cotidiano. Todos nosotros, los cooperantes, nos despertamos un día de la ilusión de un «nuevo modelo de desarrollo». El despertar fue abrupto y doloroso, difícil de aceptar. Muchas veces cierro los ojos para buscar consuelo en los recuerdos o sueños.
Ngazobil sigue en su lugar, con los duendes volando en la noche, lejos del mundo, haciendo chasquear las hojas, el aroma de la flor de acacia que se siente desde cien metros de distancia, los ejércitos de cangrejos, corriendo en la arena mojada…
Las olas.
Alberto Arecchi