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El ladrido de los perros se apaga mientras la jauría se pierde tras las montañas de escombros. Raquíticos y con sus ojos salidos de sus orbitas, como cualquier ser vivo que se disponga a permanecer en esta zona olvidada. ¿Por qué no se irán? ¿Comerán ratas? Pero, ¿habrá ratas? Sigo caminando entre las ruinas de Epecuén, la ciudad abandona tras la inundación de 1985. Camino hasta toparme con una mujer menuda y de mi edad, con la piel enrojecida por el sol y los ojos llorosos. Cruzamos nuestras miradas en silencio. Me señala las ruinas de lo que supo ser una construcción colonial, hoy prisionera de la inclemencia de la naturaleza. Encamino mis pasos hacia dicha dirección. Recorro el esqueleto mutilado de la vivienda y encuentro fotos viejas y carcomidas por la humedad. Sin duda, la niña que aparece en muchas de ellas es la mujer de amarillo. Salgo a la calle y la desconocida me ofrece un mate. Lo acepto.

—Ese seis de noviembre perdí todo. Mi madre, mi casa, mi ciudad. Todo.

Silencio.

Quiero abrazarla pero no me animo.

—El vacío habita estos escombros. Estoy tan muerta como este pueblo.

Tomo una de sus manos. Su piel suave contrasta con el dolor de su alma.

—¿Viene todos los años, señora?

Silencio

—Nunca me fui.

Siento el escozor del acero al deslizarse dentro de mi estómago. Bajo la mirada y veo la mano de la desconocida bañada en sangre sobre mi abdomen.

Comprendí.  

 

 

Ariel Oscar Garriga Pérez

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