Aunque soy paleontólogo mí afición es el estudio de volcanes, porque muchos de sus orígenes y tiempo de vida datan desde antes de la época de los dinosaurios. He visitado lugares maravillosos, por eso soy vulcanólogo especializado en lagos en cráteres volcánicos.
En mi expedición a uno de los mayores “volcanes asesinos” encuentro sorbida la cantidad de personas que han desaparecido y de muertes. Se que no es lo más tierno para pensar, pero lo que temen de los volcanes es su elevada temperatura, más no saben que por frío y lleno de ese peculiar aliento de vida que es el agua, siempre pueden absorber las almas.
Llegamos entre caminos rurales llenos de piedras y mucha tierra, a medida subíamos la brisa era más helada, el azufre se confundía con la savia de los árboles, acogedor a su manera. “La Esmeralda de América” la denominó Gabriela Mistral, así es conocida por los extranjeros; por los lugareños es llamada La Laguna de Alegría. Les fascina contar sus historias. En especial aquella donde la sirena que habita ahí es la responsable de misteriosas desapariciones y ahogamientos. ¿Leyenda? lo sabré al llegar. Solo espero que las partículas del aire del dióxido de azufre no sean en honor a la transpiración de los “desaparecidos”. Ahora temeré salir tras acampar si la humedad por la noche será realmente un “sereno ácido” con olor tradicional al azufre o al “trans-epoxi-decenal”. Bueno, solo disfruto de lo creepy de las historias.
Arnold Bolaños