Era una hermosa tarde, el sol asomaba por la arboleda transformando de rojo las hojas de otoño, me senté en la galería, el rocío pintaba de plateado los pastos en el campo, la tranquilidad abrazó cada uno de mis huesos y quise ser estatua para no irme más de aquel lugar.
Sentí que la vida estaba ahí, había encontrado mi lugar en el mundo, un refugio para mis sueños.
Me enamoré del sol al amanecer, de la luna buscándome a través de los árboles, de aquel árbol seco mirarme en las tardes, tan imponente pintaba de pie sin hojas, cada tarde en un marco, él me escuchaba y yo lo acompañaba en el arte de sus silencios.
Me quedé sentada hasta el anochecer en aquel asiento, los después ya no importaban, era yo y ahora, los picaflores revoloteaban sobre los suspiros y las golondrinas por cantidades se acomodaban para dormir, aún muy lejano, se sentía el bello canto de un pájaro Crespín.
La luna más plateada que nunca, recostaba su figura sobre las ramas del árbol seco, me sentí una pintura de ese cuadro fantástico.
Qué más podía pedir, sus manos se apoyaron en mirostro cansado y mi imagen se congeló, cuando mis ojos se cerraron.
Violeta Adela Klimes