—Contámelo, Juan.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
—Salimos desde Ushuaia y le damos duro y parejo hasta Rio Gallegos. Nos cagamos de frío, un poco. Manejamos después hasta Comodoro, todo por la costa. Océano, paisajes espectaculares. Se ve África.
—¿De verdad, Juan?
—¡No, boludo! Exagero.
—Subimos hasta Península, vemos pingüinos, lobos marinos, con suerte a las ballenas que te pasan bajo la lancha. ¡Se te ponen las bolas de moñito! Llegamos a Rio Negro. Comemos manzanas hasta reventar. Cruzamos a Provincia de Buenos Aires. Pasamos por Bahía Blanca, visitamos al “Cotur” que me debe unos pesitos por unos trabajos que le hice hace años y seguimos para Mardel. Gozamos con las minitas en la playa.
—¡Seguí, Juan, que me enloquezco!
—Pasamos por Capital, saludamos a la familia, y después nos detenemos en un lugar que conozco, que tiene unas mujeres muuuy cariñosas. Si el auto aguanta, seguimos para Córdoba. ¡Lo que son las cordobesas! ¡Y las sierras! Seguimos para Santiago, Tucumán, visitamos la Casa de la Independencia, vamos para la Quebrada de Humahuaca, y terminamos en La Quiaca. ¡Viejo, acabamos de recorrer toda la Argentina!
—¿Toda?
—Toda. De pe, a pa.
—¡Fabuloso, Juan! ¿Juan, cuánto falta para que te suelten?
—Catorce años. ¿Y a vos?
—Solamente once.
—Pero, cuando salimos, lo hacemos.
—Lo hacemos.
Daniel Kienigiel