Dice la gente, que siempre hay algún lugar que nos marca de una manera especial. En honor a la verdad, querido lector, te voy a reconocer que nunca creí en tales afirmaciones. Sin embargo, debo añadir que nunca hay que subestimar al poder de la naturaleza.
Todo ocurrió, hace más o menos unos cinco años. Por entonces, servidor solo era un joven estudiante de instituto, al que las actividades de colonias a la playa no podían parecerme más aburridas. ¡Imagina! Yo con ganas de extender las alas y ver mundo, me vi reducido a participar en infantiles y ridículos juegos para entretener a niños pequeños.
El remate, lo efectuaron los monitores la última noche, cuando quisieron meter a toda la clase en un antiguo invernadero y montar allí una especie de discoteca. Con un calor sofocante y una música de antes de que nacieran mis padres, no estaba dispuesto a aguantar más. Aproveché que había una ventana medio vierta y por allí me escapé. ¡Era libre! Y para celebrarlo me dirigí a la playa.
El aire era fresco, la noche clara y sin nubes; pero desprovista de luna o estrellas. No obstante había mucha luz, desde la línea del horizonte, Venus alumbraba todo cuanto me rodeaba y dejaba una larga estela plateada sobre el mar.
Era hermoso, pero sin cámara o móvil, no tenía forma alguna de preservar aquella belleza que era testigo. Entonces, garabateé los versos en la arena; un poema que inmortalizaría aquel momento en mi corazón.
Joan Comas Vidal