Todas las familias tienen sus campos de batalla. El campo de batalla de mi madre y de mi abuela siempre fue la cocina. Mientras que mi madre creía en la dieta sana y el estilo de vida fitness, la abuela creía en el trabajo duro y en todo aquello que nos alegrase el paladar. Aprendí a amar las ensaladas de mi madre, pero mi amor culpable siempre fueron las delicias que la abuela preparaba los fines de semana.
Ella solía visitarnos los viernes por la noche y se quedaba en la casa hasta el domingo, contándonos anécdotas de su tierra natal. Recuerdo que cuando era niña, yo solía levantarme los sábados, con el olor del chocolate mezclado con canela impregnando toda la casa. Ella solía hacer un chocolate espeso de esos que te mandan al odontólogo por su dulzura y que no se caen fácilmente de las tazas por la acción de la gravedad.
Podías beber ese chocolate acompañado con biscochos cubiertos de miel con la sensación de nunca probarías algo igual, de que no importaba cuantas veces te memorizases la receta, nunca serías capaz de poner el espíritu que ponía la abuela en las cosas creaba. Mi madre la combatía en silencio con sus tés de toronjil y manzanilla, sus ensaladas de berro y repollo en los almuerzos, sin que nadie se atraviese a desafiar ese rincón sagrado en que se convertía la cocina cada vez que nos visitaba la abuela.
Jorge Acosta