Este pasado verano mi Gran Canaria querida sufrió un devastador incendio.
Hectáreas y hectáreas calcinadas nos hicieron llorar lágrimas de cenizas.
Pasadas unas semanas me atreví a visitar la tierra calcinada, difícil describir con palabras el desasosiego que sentí entre tanta naturaleza extinta, era como visitar un cementerio, troncos quemados mirando al cielo cual almas suplicantes.
De repente, una energía desconocida me habló:
«No llores, cada tronco, cada rama, cada hoja que ya no puedes ver, late dentro de mí. Guardo su preciada esencia, intacta, latente.
La savia aguarda paciente, sabe que ahora debe esperar, pero también conoce su destino.
Y su destino no es otro que preñar cada brote mínimo, adentrarse en cada tallo, bañar cada raíz, abrazar cada hoja…
La vida no puede morir, aunque te parezca contradictorio, porque la vida es vida.
Llegado el momento veré crecer a mis hijos queridos, volverán las hojas a danzar con el aire, las aves volverán a hacer sus nidos.
Tú también lo verás, solo debemos ponernos a merced del señor tiempo y dejarnos conducir por él».
La voz se fue alejando dejando un eco sereno.
La emoción que me envolvió me sigue consolando cuando vuelvo a ese lugar y siempre se me desliza una lágrima esperanzada.
Ahora tan solo queda esperar.
Te volveré a ver verde, te volveré a ver viva.
Pepa Fontes Rodríguez