Alejandro y Yolanda caminaban cogidos de la mano para alejarse de las miradas indiscretas. Ellos vivían un tórrido romance en pueblos vecinos alejados de la ciudad. Ellos iban un sábado de cada mes a Veléz un pintoresco pueblo incrustado en las montañas colombianas. Los sábado eran días de mercado y Yolanda compraba y llenaba la lona con los diversos frutos que los campesinos cosechaban en el campo, mercaderes de otras latitudes exhibían artesanías típicas de la región y sus propios habitantes vendían manjares tipo exportación: bocadillos veleños, lonjas de guayaba y las tradicionales hormigas culonas. El día prometía ser encantador. Una banda musical ubicada a un costado de la plaza amenizaba el ambiente. Alejandro y Yolanda disfrutaban y degustaban la comida del lugar:sopa de mute, carne oreada, arepa santandereana y dulce de brevas con arequipe. El pasatiempo favorito de Alejandro era la fotografía.Las calles y los paisajes flanqueados por las luces del atardecer quedaban impresos como finas estampas. En un instante, cuando ellos obsevaban desde el mirador un sol repleto de color naranja esconderse detrás de la cordillera, Yolanda veía como el rostro de Alejandro se desencajó. Él no supo que rumbo coger en el momento de encontrarse frente a frente con su propia esposa. Una fuerte tormenta fue la disculpa perfecta para que huyeran del lugar. Al final el rollo entre Alejandro y Yolanda se develó.
María Isabel Cruz Cardona