Le ofreció un plato de arroz colmado de miel. Él tenía hambre pero no comía. Hacía veinticuatro días que había resuelto su dimisión del mundo. Yacía macilento sin lograr su objetivo. Ella le tuvo lástima y quiso bailar para él al menos una vez. Con solo los dedos de una mano le contó la historia del dios y la pastora. Giró los ojos radiantes de khol y en un movimiento del torso le mostró como se hacían los humanos el amor. La miró sin verla pero ella no cayó en desánimos. Sus pies trazaron el vuelo del pájaro, el nacimiento de la vida, los segundos finales de un corazón vivo. Luego le acercó a la boca el manjar dulce. Él entreabrió casi los labios pero cerró los ojos. Ella dudó entre el cereal y un beso. Lo invadió la dulzura. La danzarina dejó el plato en el suelo y deslizó sus pasos entre la luz. Él creyó comprender. Solo se puede renunciar a lo que se tuvo. Abrió los ojos, miró hacia adentro de su propio ombligo y vio el orbe con matices y olores. Había alcanzado la iluminación.
Barbarella D´Acevedo