– ¡Déjame salir! – rogaba la suplicante y desesperada voz desde el interior de la oscura recámara.
– ¡No puedo! – respondió con firmeza el guardián de aquel improvisado calabozo – Si te libero, las otras también querrán irse.
– ¡Por favor! No me mantengas encerrada aquí. Además, si me sueltas, te aseguro que no te pasará nada malo, al contrario, te irá mucho mejor – insistió la voz, intentando convencer al intransigente hombre.
– ¡Está bien! No soporto tu obstinación. Solo espero que las demás prisioneras no quieran seguir tu ejemplo.
Y así, dejó salir una nueva idea, pero mantuvo cautivas a las otras. No podía permitir que su rutina fuera alterada por alguna iniciativa que lo sacara de una monotonía que había convertido en su paraíso personal.
Carlos José Aquino B.