El pueblo de San Lázaro tuvo una época muy próspera.
Gracias a la producción de plata, los habitantes del lugar habían vivido una relativa opulencia que causaba la envidia de otros rincones del país.
Grandes edificios, fastuosas ferias parroquiales y el surgimiento de una elite embriagada por el “nuevorriquismo” hicieron que la humildad desapareciera del, otrora, cálido poblado.
Pero – como suele pasar con la riqueza súbita – en pocos años las vetas del metal precioso fueron escaseando. Las empresas transnacionales, progresivamente, se fueron del lugar, dejando un montón de chatarra, además de las heridas abiertas en las entrañas de la tierra saqueada.
Hoy en día, tras el cierre definitivo de las minas, aquel sitio quedó virtualmente abandonado. De hecho, los pocos habitantes del pueblo que se niegan a dejar sus solitarios hogares, esperan un milagro para que San Lázaro, haciendo honor a su nombre, se levante y ande.
Carlos José Aquino B.