Aquella tierra rojiza había sido avistada por el primer hombre blanco en el siglo XVI, un explorador y viajero español, Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Llegó allí a través de muchos kilómetros de selva, a machetazo limpio. Cabeza de Vaca era un viajero, un descubridor, un muerto de hambre, un desgraciado que puso rumbo a las Américas por ver si mejoraba de situación.
La verdad es que aquella tierra Sudamericana de las cataratas de Iguazú era tan roja que el color se pegaba a los pantalones, a la camisa, a los zapatos. Llevaba unos zapatos nuevos, de esos cómodos, pero aquella mañana, después de un rato de deambular por la ciudad cuando me los miré estaban envueltos en aquella tierra-barro rojiza, amasada con un aguacero matutino. La ciudad, la descubierta por Cabeza de Vaca, había sido en otro tiempo lugar importante al que llegaban barcos procedentes de la capital, subiendo río arriba. Uno de aquellos barcos, otrora lugar de fiestas y encuentros de la alta sociedad bonaerense, yacía atracado en el puerto por donde discurrían hoy sólo las barcazas con su morosidad habitual, su herrumbre, y sus cargas a rebosar. Oteando el puerto desde una loma próxima estaba el que fuera el lujoso hotel de aquellos años veinte, convertido hoy en asilo de perros vagabundos. Esta antigua parte de lo que fue una ciudad hermosa vive de espaldas a lo nuevo, a lo turístico, encaramada en lo alto como si divisara la nueva ciudad con un deje de envidia y nostalgia.
Teresa Portillo Ramírez