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Como cada amanecer, el sonido de los maitines, primer rezo del día, inundaba el claustro del monasterio de Santa Clara, en Balmaseda. Las religiosas desfilaban hacia la iglesia ateridas y soñolientas en la primavera de 1740.

Don Luis de Foncueva y Quintana, maestro dorador de Bilbao, había llegado al convento para convertir en oro resplandeciente la oscura madera del recién labrado altar mayor de la iglesia. Había solicitado a la abadesa un ayudante mientras duraran los trabajos del retablo. La necesitaba para elaborar las colas, la templa de dorar, la pasta del dorador, acarrear agua, servir comida, tener las herramientas preparadas…

La hermana indotada, la que no se apellidaba Orrantia, Verástegui, Urrutia o Zumalabe, la que había entrado por la puerta de atrás al convento porque no tenía dote que aportar, la que no rezaba maitines porque ya llevaba unas horas trabajado mientras las otras estaban dedicadas a la oración, la que estaba exenta de rezos pero no de los trabajos más penosos era la que había sido designada por la abadesa como la ayudante solicitada por el maestro dorador del altar mayor.

Desde que llegó D. Luis de Foncueva y Quintana, el apuesto maestro procedente de Bilbao, la hermana indotada pasaba buena parte de la noche ansiando que el sonido de la campana anunciara los maitines y, cuando oía el primer toque del día, se deslizaba veloz por el claustro siempre rogando que el dorado del altar mayor y los cuatro restantes se alargara eternamente.

 

 

 Teresa Portillo Ramírez

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