Aquel día ni siquiera allí estaba tranquila. Escuchaba a lo lejos un ruido atronador. Encima mía bandadas de pájaros escapaban en diferentes direcciones. El ruido se acercaba cada vez más, e incluso comenzaba a temblar el suelo. Siempre ese rincón había sido mi protección y por primera vez comenzaba a pensar que no era seguro. Tenía que decidir si irme o quedarme. Con los temblores empezaban a caerse las hojas de los árboles. Salí de mi escondrijo. Subí a un sitio alto para otear. Todavía me puse más nerviosa. Sitios conocidos estaban arrasados. No conseguía reconocer bien el paisaje, todo estaba cubierto de un polvo extraño. No distinguía el olor extraño que detectaba pero tampoco me gustaba. Y mi querido árbol continuaba temblando. Y el ruido impedía pensar, gritos de humanos se mezclaban con sonidos de maquinas atroces. Me armé de valor y bajé rápidamente por su tronco. Nadie pareció darse cuenta de mi existencia. Y corrí sin mirar atrás. Sabía que mi hogar caería porque cuando había máquinas y humanos nadie ni nada se resistía a su destrucción. Perdería mi refugio, mis víveres recogidos durante tanto tiempo, bellotas y setas y piñones. Perdería mi tranquilidad y sobre todo mi sensación de seguridad; el rincón de mi mundo. Pero no perdería mi vida.
Lidia Rodríguez Posada