Era noche avanzada y todo dormía cuando el cuidador divisó extrañado a la joven sentada en el borde de la fuente de la plaza mayor. Supo, por sus ropas anticuadas, que no pertenecía a la comunidad: cuando uno crece en una ciudad pequeña aprende a distinguir a los turistas con sólo una mirada.
Se encaminó hacia ella, dispuesto a ofrecer su ayuda si acaso se requería. Procuró adoptar un tono amistoso al dirigirse a la mujer, que no superaría los 25 años.
–Buenas noches, ¿acaso la joven está perdida?
–No. Conozco bien esta ciudad, cada uno de sus rincones –respondió ella lentamente, haciendo un movimiento amplio con la mano, como buscando abarcar todo el lugar.
El cuidador optó por sentarse también en el borde de la fuente, a cierta distancia para no incomodarla.
–¿Entonces no es usted turista? –preguntó.
–No, pero hacía tiempo que no venía –reconoció ella con una sonrisa–. Las cosas cambiaron un poco, pero hay cosas que nunca cambian: su geografía, sus callejuelas, su eternidad construida en piedra…
Calló un momento; sólo se escuchaba el murmullo del agua en la fuente.
–Sí –reconoció el cuidador mirando el firmamento estrellado–. Algunas cosas nunca cambian, otras un tanto, pero seguro la cuidad sigue igual de bonita a cuando usted vivía aquí, ¿a que sí?
–Igual de bonita a cuando vivía… –repitió ella con una voz soñadora que le erizó la piel. Al volverse, la muchacha había desaparecido en la noche.
Pablo David Cortéz