Cuando remuevo la caja de recuerdos de mi niñez veo todo verde. El fresco de la mañana insistió en permanecer en mi memoria y el olor a hierbas del atardecer fue su compañero inseparable.
Viví en una choza, en la cima de un cerro llamado Yarigua’a, bordeado de hectáreas de tierras despobladas.
Desde ahí veía fundirse el horizonte con el cielo. Enormes rocas ovaladas, se hallaban diseminadas por todo el lugar entre orquídeas silvestres y frondosos helechos.
Un día mis padres comenzaron a juntar sus míseras pertenencias y bajamos. Desde esa tarde conocí otro mundo totalmente diferente.
Hoy estoy relatando esto desde mi hogar. Luego de treinta y seis años, volví para quedarme. Ahora es una hermosa cabaña de dos pisos con vista panorámica pero la choza nunca fue derribada, la mantengo bajo llave en mi reminiscencia.
El secreto que mis padres compartieron toda la vida rellenó los huecos de sus ataúdes. Fue por mi cuenta que llegué a la verdad. Mi padre había matado a mi abuelo materno cuando yo tenía apenas tres años y huyeron al cerro. Nunca los encontraron, ni cuando cumplí los seis años y nos mudamos a un pueblo alejado. Ahí estaban las respuestas a mis preguntas, pero, sobre todo ahí estaba la respuesta de mi esencia. Si no hubiese vivido esos años en aquella montaña nunca hubiese descubierto la felicidad y para mí la “Felicidad” es verde, se siente a aire fresco de la mañana y huele a hierbas del atardecer.
Blanca Díaz