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Un estrépito sobresaltó a Acher: alguien o algo estaba arañando la pared del pasillo. Fue a comprobar qué lo causaba, pero no halló nada. «Algún pequeño animal habrá escarbado su madriguera dentro del muro» pensó.

Creyendo haber resuelto el misterio, apoyó su mano en la pared, encima del origen del ruido. Éste se detuvo inmediatamente. Segundos después, volvió a escucharlo a unos metros. Lo siguió y repitió la operación. Todo se detuvo. Casi al instante, oyó aquellos arañazos algo más lejos, dentro del dormitorio. Acher abrió la puerta. El ruido ahora procedía del armario. Nervioso, lo abrió y posó su mano en la pared del fondo del mismo.

Al palparlo descubrió un hoyo que había sido cubierto por una fina capa de arcilla. Sin apenas esfuerzo, el barro se quebró y Acher introdujo su mano dentro. Joyas engarzadas con rubíes, zafiros y diamantes se enredaban entre sus dedos. Del hueco comenzaron a brotar gemas y pequeños brillantes. Intentó recogerlos, pero vio algo que le estremeció.

Sus dedos eran largos y retorcidos, sus uñas largas y afiladas, y su piel estaba surcada por incontables pliegues. Acher cayó de espaldas, horrorizado. Al precipitarse notó cómo cientas de ratas cubrían el suelo. Del agujero ya no brotaban joyas, sino más roedores. Intentó escapar, pero algo espantoso aguardaba fuera del mueble. Una rata de dimensiones imposibles y con las patas delanteras llenas de alhajas le devolvía la mirada. Entonces lo comprendió. Estaba contemplando su propio reflejo en el espejo del vestidor.

Daniel Abad Gil

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