Cuando evoco un rincón ideal, se me hace imposible no retrotraerme a los añorados años de mi infancia. Mi lugar perfecto es el pueblo donde mi padre nació y donde vivía mi abuela paterna. Se trata de un pueblo pequeño situado en el corazón de una comarca agrícola donde mi hermano y yo pasábamos parte de las vacaciones estivales.
El tiempo transcurría lentamente entonces; los veranos parecían alargarse una eternidad; la luz del día era limpia y luminosa; el cielo más claro y despejado; la calma y el silencio eran mucho más palpables, y todo transcurría más despacio, envuelto en una sensación de paz que ahora sólo perdura en el recuerdo y que nunca más he vuelto a sentir.
Me despertaba temprano, con los trinos de los pájaros que podía oír a través de las ventanas de marco de madera. Apenas había otro ruido de mañana que el de las aves y el ladrido de algún perro; el tráfico era muy escaso y contribuía a aquella paz indescriptible. Recuerdo con nitidez el crujido del piso de madera al ceder bajo mi peso cuando me levantaba de la cama, y cómo, al abrir la ventana, lo primero que percibía era el olor característico de las hojas de la higuera, cuyas ramas habían crecido tanto que casi entraban en la estancia. Desde allí, se podía divisar la plaza del pueblo, tan distinta a como es hoy en día, cuando toda aquella magia se ha diluido por el paso del tiempo.
Natalia Franco Caurel