La abuela tejía calceta en el patio soleado. El perro ladraba. Su palabra “pase” me hizo pensar que la puerta estaría abierta. Al entrar, el perro dejó de ladrar y comenzó a menear la cola. La abuela estaba sentada sobre una silla de anea en un patio andaluz. Junto a la silla se encontraba el brocal del pozo, un cubo lleno de agua sujeto por la cuerda de la polea y otra silla de anea. Esta se había quedado sin dueño desde que falleciera su esposo. Recordaba cómo su difunto marido le tocaba las palmas con su arte flamenco y también cómo la animaba con su zapateado en un tablao de madera colocado a propósito. Me ofreció sentarme, elevando con dificultad los párpados caídos por los años. Me fijé en ese rincón que era toda su vida. Las gitanillas multicolores se descolgaban dando alegría al blanco de la cal y al limonero. De pronto, dos gitanillas gemelas asomaron por el balcón repleto de tiestos. Comenzaron a bailar flamenco con sus zapatos de medio tacón que les había regalado la abuela. Les sonreí al mirarlas. La abuela, quizás por la costumbre, no levantó los ojos de la calceta. Fue entonces cuando me dijo: en este rincón de ocho metros cuadrados no vemos auroras boreales, ni atardeceres rojizos, ni cascadas, ni montañas, ni… Pero cuando elevamos los ojos, vemos el tranquilo azul de nuestro pedacito de cielo sobre el Sacromonte .
Isabel García Viñao